15.5.09

RECORDANDO

LA HISTORIA...

15 DE MAYO DE 1897

LA CARGA DE

GUAVIYÚ

De Crónica de Aparicio Saravia, de W. Reyes Abadie


LA ARDUA RETIRADA

Transportando el cadáver del coronel Fortunato Jara —hijo de Cerro Largo y viejo soldado de las revoluciones orientales, fallecido a los 77 años, quien había empuñado su lanza en centenares de combates desde antes de la Guerra Grande—, el transido ejército revolucionario acampó finalmente sobre las Puntas de Hospital y, pese a la cercanía del enemigo, Aparicio ordenó que se encendieran fogones y al menos unos mates amargos sirvieron de bálsamo dulce a las sedientas gargantas de los combatientes.
A escasa distancia se observaban también los fogones de las fuerzas gubernamentales.
Sobre la medianoche, mientras en Montevideo los bordistas festejaban el presunto aniquilamiento de la revolución nacionalista, las fuerzas de Aparicio se pusieron nuevamente en marcha, en momentos que estalló una formidable tormenta de lluvia y viento.
Marcharon hacia el camino de San Luis, dejando a las fuerzas enemigas a la izquierda.
Acosados por el hambre, el frío, la lluvia y el cansancio, al amanecer, ya se acercaban a la frontera.
Cuando, a la una de la tarde, acamparon en Yaguarí habían transcurrido dieciséis horas de marcha y ya llevaban casi dos días sin ingerir alimentos.
El doctor Vidal y Fuentes, que atendió al coronel Lamas en un humilde rancho de campaña, constató que la herida era grave: una bala de máuser le había penetrado por debajo del omóplato, atravesándole el brazo. Le aconsejó, en consecuencia, abandonar la lucha por algún tiempo. Pero el Coronel ni siquiera aceptó ser tratado en Brasil.
Se resolvió trasladar a los heridos más graves a la estancia de Machado, en Poncho Verde, haciéndolos cruzar la frontera en compañía de un pequeño convoy, custodiado por el poeta Carlos Roxlo, el novelista Acevedo Díaz y el estudiante de periodista Luis Alberto de Herrera.
Las diez divisiones se habían reducido. Una había desertado junto con su jefe.

"—¡Qué se vayan! Con postes podridos no se hacen corrales", sostuvo Aparicio.

(...) En la madrugada del 15 de mayo, el contingente rebelde se vio diezmado por nuevas deserciones. Faltaban armas, municiones, caballos e incluso vestimenta adecuada a las inclemencias del tiempo, y muchos de los combatientes vencidos por el frío y el hambre, no pudiendo soportar el rigor y el sacrificio de la lucha, se habían internado en Brasil.
Sobre estos alejamientos, Aparicio dijo:
"Es la cascara que cae, pero nos queda el cerno!".
Sin embargo, había gestos que lo reconfortaban, estimulándolo a luchar, como el del mayor Luis Moran, que le ofreció ''los títulos de propiedad de sus campos para comprar armas".
El coronel Nicasio Trías le informó, desde Aceguá, a través de un chasque, que "Abelardo Márquez lo ha colocado allí" y que "se le ha unido al Cnel. Bastarrica, con una porción de hombres que pertenecían a las fuerzas que hizo desbandar el traidor Núñez"

RIVERA ES LA SALVACIÓN
Para Aparicio, Rivera era "un punto importante sobre la frontera y cabeza de rieles " y lo consideraba como el puerto de salvación de la revolución. Era, por tanto, su principal norte.
Según le informó Márquez, la pequeña ciudad fronteriza, aunque poseía armas y municiones, "estaba desguarnecida ".
Esa misma tarde, marchó con sus extenuados hombres, rumbo a Rivera. Le acompañaba el coronel Diego Lamas, quien se negó rotundamente a ser evacuado, pese a que la gravedad de su herida le impedía incluso montar a caballo sin ayuda.

COMBATE DEL PASO DE GUAVIYU 120 CONTRA DOS MIL
Cuando el ejército nacionalista volvió a emprender su marcha, ya las fuerzas de Escobar, con dos mil hombres, le habían cerrado el paso en la cuchilla de Guaviyú. No se podía evitar la contienda y Aparicio se dispuso a organizarla y llevarla a cabo. Nepomuceno Saravia la recuerda de esta forma:
"El General desde lejos los reconoce y dice: —Allí están, coronel Lamas, y están como palo a pique.
Lamas confiesa que el trance es difícil y comenta: "No tenemos elementos de combate".
"Esos hombres van a disparar en cuanto carguemos" dice el General en respuesta y dispone lo pertinente.
El ataque se hará a lanza, con caballos transidos con pocos tiradores, no más de treinta.

El Cnel. Berro está al frente de unos cien hombres y les dice:
" ¡El que quiera seguirme, que me siga!" —y vuelve grupas y mucho más de la mitad, se quedan quietos.
Y cuando nos movemos con el General, dice Lamas:
"Pobre General, ¡quién sabe lo que le espera!"

"¡Quédese tranquilo, Coronel, que ahora vuelvo porque éstos disparan!!"
El General ordenó echar por delante una novillada arisca y dispone sus fuerzas-, a la derecha su diezmada escolta, voluntarios con Pedro Pellejero, después Berro con 8 tiros por soldado, algunos lanceros con Bernabé Noblía, un grupito de tiradores con su hermano Isidoro Noblia, a 5 tiros por soldado.
Unos 120 hombres en total; el resto del Ejército fue espectador de la hazaña.
Otros ayudantes y yo galopábamos de grupo en grupo convidando a la gente, pero prácticamente nadie se movía.
Cuando avanzábamos el General gritó:
"¡ ¡Muchachos, cada cartucho hay que quemarlo en el pecho del enemigo!!"
Cuando nos acercamos, al ver tanto tropel de novillos y gente, las fuerzas de Escobar tiraron unos pocos tiros y se desbandaron. Coronamos la cuchilla y, al comprobar la derrota de Escobar, damos vuelta y entonces Lamas, emocionado, dice:
—General, con un golpe de genio y bravura, Ud. ha salvado la Revolución.
Una explicación absurda dio el enemigo: ¡¡el batallón de Foglia y Pérez tenía la munición cambiada!!
Queda libre el camino y expedita la ruta hacia Rivera.
Los días 14 y 15 de mayo han sido de gloria para el Partido Nacional y para sus heroicos defensores".
Continuó la dura marcha, pero en las noches ya no se escuchaba la marcha brasileña que silbaban tres soldados de la escolta del General y que habían estado junto a él en la campaña del Brasil; los tres habían caído para siempre en la batalla del Arroyo Blanco.

LA CRUZ ROJA NO CUMPLE CON SU DEBER
Al constatar "la conducta entreguista de la Cruz Roja", que había aceptado que los revolucionarios heridos en la batalla de Tres Arboles fueran considerados "prisioneros" e, incluso, había enviado "al campo de Arroyo Blanco una expedición de aprovisionamiento bélico gubernista al mando del diputado Justo R. Pelayo", el General Aparicio Saravia emitió una Orden General.
En ella, considerando "los errores cometidos por la institución y por el hecho censurable de haber rehusado su protección y sus auxilios más simples a los heridos de la revolución", ordenó desconocer a la mencionada Cruz Roja como institución de carácter universal" y considerarla "un cuerpo sanitario del enemigo, sujeto a todas las contingencias de la guerra ".

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